
Duele el mundo donde dos ciegos maduros se aman sin saber que la habitación no tiene floreros, cuadros o cortinas. Se aman los ciegos y un vagabundo mira medio encorvado, creyendo que la ventana es una gran pantalla de televisión puesta en el canal porno. Porque eso es la noche: una pantalla donde unos hacen, otros pasan, varios ladran y muchos miran, mientras se enroscan en sus propias penas, convencidos que la mañana siguiente será mucho peor. Ellos saben que el sol es el verdadero villano, porque no se guarda ni una herida, cicatriz, peca o mancha, pelada o cojera, tampoco la gordura o la flacidez, la mugre o la pobreza. Es un maldito y radiante morboso que muestra la fealdad del mundo a cambio de un poco de belleza recién estrenada. Entonces, cuando comenzás a odiar al sol por su egoísmo exacerbado, vez en una plaza de Cochabamba a un niño de mangas remangadas jugando con un chorro de agua como si éste fuera el mejor juguete del mundo. Mirás hasta comprender que allí no hay soberbia, que para él las cicatrices no son tan feas.
Sonreís y medio contento te sentás en un banco y hasta le comprás un jugo de naranjas a la vieja chola, mujer sin dientes y de ropas sucias, de manos oscuras que exprimen tanto naranjas como arrugas; le comprás a la chola, digo, que cuando entrega el vaso te mira con ojos dulces de madre prematura y más veces abuela. Y esos ojos, entonces, te regalan tu primer chorro de agua en mucho tiempo. De puro contento le pagas con propina y ella sigue su camino segura que salió ganando.
Vos, más tranquilo, comenzás a caminar hacia tu casa porque descubriste en la sencillez de ese día que ni el sol ni la noche muestran o esconden nada. Son tus, tus ojos los que miran.
Escrito por Patricia Agudo y revisado por Rafael de A.
