Hace 20 años conocí a Lucho, el hermano menor de mis amigas. La última vez que lo ví usaba barba y un enorme par de ojos café, pero conservaba su mayor virtud: ser un niño eterno. Por eso todos sus caprichos eran urgentes y también una necesidad básica insatisfecha.
Coleccionista de latas, frascos, cumbias, sándwiches de queso y recuerdos que podía encontrar en cualquier parte, era capaz de abrazarte de una vez y para siempre, porque él nunca se olvidada de nombres o momentos.
Era un trashumante, por eso -fiel a su alma libre- sus pies lo llevaban en un caminar solitario por las calles de Punta Alta
-Lucho qué haces por acá?
-nada, estoy paseando. Vas a ir para mi casa?
-pronto paso por unos mates.
Entonces seguía su rumbo con más seguridad que muchos de nosotros en busca del propio.
Hace unos días Lucho se fue a coleccionar historias a otra parte y en algún lugar del cielo comenzaron a faltar latas y frascos.
-Lucho qué hacés por acá
-Nada, vine a visitarte abuela.
Entonces doña Marcelina le preparó un rico sándwich de queso.