Lucas no hablaba. Por eso se había convertido en un espejo.
Si uno estaba contento veía en él la risa.
Si uno estaba triste se reflejaban en él las lágrimas.
Y lloraba. Porque Lucas no era un espejo común y corriente de esos que rebotan la imagen y ya.
Era un espejo con lente, profundo y brillante como a veces es el mar, oscuro a veces. Un espejo mágico que luchaba por contar, que ahí dentro, donde él vivía, lejos de las voces de los demás, estaban todas sus palabras guardaditas para quien mirándolo a los ojos las pudiera escuchar.