martes, 3 de abril de 2012

A Lucas

Lucas no hablaba. Por eso se había convertido en un espejo.
Si uno estaba contento veía en él la risa.
Si uno estaba triste se reflejaban en él las lágrimas.
Y lloraba. Porque Lucas no era un espejo común y corriente de esos que rebotan la imagen y ya.
Era un espejo con lente, profundo y brillante como a veces es el mar, oscuro a veces. Un espejo mágico que luchaba por contar, que ahí dentro, donde él vivía, lejos de las voces de los demás, estaban todas sus palabras guardaditas para quien mirándolo a los ojos las pudiera escuchar.

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