martes, 5 de marzo de 2013

Gárgolas En la edad media, edad de brujas (o al menos de creer en ellas), también se inventaron las gárgolas, porque el hombre ya había inventado el infierno -con sus primeras memorias-. Ellas tenían la rara misión de espantar a los demonios y espíritus malignos. Hoy, al revisar brevemente el catálogo de estas bestias e imaginarlas en su tiempo apoteótico, me pregunté si esos demonios temidos por el hombre no se habrán sentido homenajeados con su fealdad. Es más, si acaso las vieron como espejos y por lo tanto, mensajeras de bienvenida. Eran piedras que reinaban de noche bajo formas agigantadas por la luz de faroles; o del miedo de los hombres –y entonces su oscuridad-. Las mismas que durante el día se volvían cotidianas y acotadas en su único gesto inmortal. En su mueca pétrea iluminada por el sol. Por eso, esta tarde, al mirarlas inmereciendo la indiferencia nacida de la rutina del hombre común, sentí compasión. De los hombres. Y entonces me pregunté si acaso cada estatua, que fue hombre, encierra una gárgola. Entonces nuestro ego hecho piedra.