viernes, 8 de mayo de 2009

Tuvo sed y dio el último trago recordando sus piernas. Entre. Y el recuerdo lo quemó más que el vodka.
Salió a la calle y caminó varias horas hasta que sintió vértigo. Todos tenemos algún miedo, se dijo y regresó al cuerpo en su casa. Pensó que morir era olvidarlo.
Quizás ella lo había olvidado.
Se vio mirando la ventana como un gato a las sombras y sufrió por su cuerpo frío. Solo. Perdido. Estático más que inerte, más que frío. Más que duro.
Durar casi nada que antes del año ya se había ido.
Todos nos vamos a alguna parte y quedarnos también es irnos (de ese resto que no elegimos).
Quizás la felicidad sea no volver siempre o no partir nuca. Ya estaba confundido. Miró la ventana y salió a la noche como otro gato hambriento de sombras.
Maulló una canción casi quejido y escuchó otras similares. Entonces se creyó parte de algo, de alguien, de ellos. Fue feliz y regresó a su casa porque supo que ella estaba. muerta.
En la otra parte de la ciudad ella creyó lo mismo. Porque la muerte, noble pérdida, es digna. No así el rechazo y el olvido.

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