Ana tiene cinco años y los ojos grandes como dos girasoles que lo miran todo.
Su hermano Pablo ya cumplió siete, ese día se le cayó un diente comiendo una manzana. La más pequeña de los mosqueteros, como les dice su mamá, todavía usa pañales y también rulos. Cuando se va a dormir, lleva colgando de la mano un oso viejo que heredó de sus hermanos y que se los regaló su papá. Él ya no está. Su mamá les dijo que se fue al cielo porque era muy bueno. Y ellos la entendieron muy bien, su papá no volvería más.
Viven en una casa pequeña que queda en un pueblo pequeño donde todos los habitantes se conocen desde siempre. A su mamá eso le gusta porque dice que es como tener una familia grande. A los mosqueteros también les gusta porque es como tener un patio grande.
Desde hace unos días que la mamá de los mosqueteros anda muy callada. Y cuando se pone así los pequeños piensan que está triste, como cuando mira la foto de su papá por mucho tiempo.
Pero la mamá está preocupada porque pronto será navidad y no tiene dinero para comprar un gran árbol. Dicen que esa tradición es parte del pueblo mucho antes que los abuelos de los mosqueteros se fuesen a vivir allí. Y que ese árbol lo traen de otro lugar también por tradición. Los pequeños no entienden muy bien que significa esa palabra -porque se usa para muchas cosas- pero les parece seria y larga, como a veces son los trenes y los caminos que van más allá del pueblo.
Lo importante de esa tradición es que inventa uno de los momentos más felices del año, porque todos los habitantes del pueblo cuelgan de los arbolitos en sus patios adornos hechos por ellos mismos. Y así todas las casas se alegran con árboles coloridos y luminosos.
Hacía ya varias tardes que los mosqueteros se las pasaban haciendo adornos con brillantina, cartulinas y plasticola. Y hacía varias tardes que le preguntaban a su madre cuándo iría a comprar el árbol hasta el pueblo vecino. Ese año querían colgar un adorno de la navidad pasada. Era un corazón recubierto en papel glasé rojo que hicieron con su papá y que tenía escrito en su interior el nombre de todos los integrantes de la familia, inclusive el del oso Tito. Estaba algo desmejorado pero para ellos era hermoso. Y único como su papá.
Sucedió que una tarde la mamá estuvo muy callada y así salió a hacer los mandados, entonces cuando pasó por la carnicería de Don Manuel y pidió el kilo de milanesas para la cena no pudo contener su silencio y se puso a llorar desconsoladamente. Ese hombre había sido el mejor amigo de su esposo y por eso cuando lo vio pensó que si el papá de los mosqueteros aún estuviera con ellos las cosas serían más fáciles, o su pena no pesaría tanto porque entre los dos podrían cargarla. Don Manuel le preguntó qué le pasaba. Cuando se calmó, la mamá de los mosqueteros le confesó al amigo de la familia lo difícil que le resultaba romper la ilusión de sus pequeños. También le contó de lo lindo que estaban quedando los adornos, eran los más hermosos del mundo. Y únicos como sus hijos.
Manuel le dio un abrazo grande y le dijo que pronto las cosas mejorarían.
Así pasaron los días y también las noches. Así el pueblo se volvió más pequeño para la mamá de los pequeños que ya no sabía donde esconder tanta pena.
Pero la mañana del 22 de diciembre, una gran sorpresa emocionó a la mamá de los mosqueteros, en su patio había un hermoso árbol navideño, el más grande, verde y lindo que jamás había visto. Con lágrimas en los ojos miró al cielo y agradeció el milagro. En eso estaba cuando salieron al patio sus pequeños:
-mamá no estés triste que papá nos está mirando.
Después fueron a ver el árbol y buscaron la rama más linda donde colgarían el corazón de la familia.
Tal como lo sintió la madre de los mosqueteros, ese pueblo también era parte del corazón de glasé y de su familia. Fueron ellos quienes compraron el árbol y así iluminaron su navidad con más colores que los adornos. Esa noche en todas las casas de ese pueblo hubo luz y alegría.
Por Hematites
1 comentario:
Amiga, es muyyyy, pero muy linta esta historia! Maru
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