
Por el camino que va al cerro de la virgen hay un nuevo asentamiento, tiene una fecha por nombre, quizás sea la de su fundación. Ahí viven familias en carpas y también sus cabras. Burros no faltan, ni fuego o un picadito de fútbol. Son cosas que el hombre de éstas tierras ama.
Y entre esas calles recién inventadas, hay una mujer en silla de ruedas que también decidió el espacio para su casa. Ella baja la cuesta cuando necesita comida o alguna otra atención. Lo difícil es la subida. A veces algún paisano compadecido otras un niño y si no ella misma empuja la silla por el camino de tierra, amarilla y tan reseca parece harina. En ellas se hunden y traban las ruedas y a meterle empeño que con nada más salen. Y de a tres personas la empujan. Entonces al final del recorrido, ya afuera de su carpa, ella agradece y sonríe la empujada. Pobre y paralítica pero bien educada.
El cartel de la entrada dice que los terrenos están en proceso de compra, son de uno de esos fulanos que se ganaron las hectáreas por favores al gobierno, varios políticos atrás.
Hasta que se efectivice la compra o se cansen de los reclamos, el humito de las fogatas sale todas las mañanas mientras los chicos patean el fútbol y la mujer le ceba el mate a su marido, que ya de mangas subidas calza la pala y comienza el pozo para los cimientos de la casa.
-Ey señorita por allá está la calle!.
La diferencia entre calle y vereda son unas piedras blancas puestas en hilera. A ambos lados la tierra amarilla, reseca y cubierta de monte aplastado es la misma.
Por allá la calle y por acá la semilla del árbol de frutas que crecerá mañana y por allá un doctor, un abogado o un poeta buscando la pelota que fue gol.
1 comentario:
DIOS ME IMAGINO QUE SOLO ESTO ES UNA PARTE DE LO QUE VES, NO QUIERO NI IMAGINAR EL RESTO.
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