



Los niños de la zafra son caminos que empiezan y terminan en las cañas. Punta de lanza, temblores de acero. De tanto en tanto juegan a ir a la escuela, a lavar la ropa y ocuparse de las labores de la casa. No les duele el frío, la lluvia, las espinas o el fuego.
Las mujeres de la zafra andan con la panza florecida de wawas o años, mal comidas, mal dormidas, sonríen con su boca desdentada. Les pesa su aguayo de sueños resignados. Siguen por sus hijos y porque creen que para ellas no hay otro trabajo.
Los hombres de la zafra tienen las manos duras de callos y heridas encimadas. Mascan coca con bicarbonato y llegan llenos de mugre y cansancio en busca del puchero. La noche fría de techo de chapa se les mete hasta los huesos y después de cada zafra se vuelven doblemente viejos.
Los Datos: En Campo Grande, en el campamento de Don Felipe Gutiérrez, viven diez familias zafreras. Este cañero atiende mejor a sus caballos que a la gente. Esas personas duermen en cuartuchos de dos por dos, hacinados. Arman su cama sobre piso de cemento y amontonan los pocos bienes en un rincón, para que no molesten. El techo de chapa es frío en la noche y caluroso en el día.
Las diez familias se reabastecen de agua de una sola canilla. Como el baño no está terminado van al medio del cañal a hacer sus necesidades.
Rara vez los niños van a la escuela, las tareas de la casa o la caña no les deja tiempo. Rosana, una pequeña de 8 años se rebanó parte del dedo índice pelando caña (usan machetes pare eso), ella es la "cuarta" -que no existe para la ley o el patrón, ambos tienen los ojos vendados- de su abuela. Edwin, un niño de 12 años ya es cortador, este trabajo es doblemente exigente y peligroso, por ejemplo otro joven de 24 se rebanó parte del hombro cortando caña.
Luego de 12 horas de trabajo cortando y pelando, llegan sucios y cansados, muchas noches le quitan horas al descanso porque tienen que cargar las cañas en el camión, las brazadas son muy pesadas, terminan molidos, pero igual se levantan a la madrugada para seguir con el trabajo. No les dan pausas o fines de semana siquiera para que visiten a sus familiares o hijos que quedaron con sus abuelas.
No tienen contrato laboral, trabajan de palabra (recién el año pasado se firmó el primero). Tampoco cuentan con cobertura médica. El gobierno tiene inspectores pero a veces no son suficientes o no tienen movilidad para llegar a los campamentos y hacer valer la ley.
En la zona de Bermejo trabajan 5000 personas por zafra, casi la mitad de ellos son niños y adolescentes. Los padres no les exigen que vayan a la escuela por eso es muy probable que se conviertan en empleados cautivos.
La temporada de zafra dura unos 4 meses, en algunos casos llevan a la gente de campamento en campamento, pero las condiciones no mejoran.
Los diagnósticos del 2002, 2004 y 2007 de la ONG Oasí demuestran que el escenario y las necesidades no cambian porque las acciones para revertirlas no son suficientes o efectivas, solo varían los números familias y niños explotados.
Desde los diferentes sectores comprometidos (gobiernos y Ongs) exigen mejor vivienda, contrato, seguro médico, escolaridad para los chicos y servicios básicos para vivir dignamente (agua, electricidad, etc), pero por ahora es un anhelo no concretado. Mientras tanto Edwin levanta el machete y la sonrisa y se convierte en un número más que engrosa los casos de explotación infantil de Bolivia.
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