jueves, 16 de abril de 2009


Se quitó con cuidado el brazo y lo acomodó exquisitamente sobre la pila, su madre consideraba la prolijidad una virtud pero para él apenas era un hábito. Buscó otro en el cajón, tenía que cosechar el campo. Fue cuando pensó que no lo encontraría que tanteó uno de músculos duros, lo imaginó fornido; tironeó y al verlo se dijo que era el adecuado. Se lo probó varias veces, sentía que no encajaba del todo. Lo miró y pensó que su nueva vida era como ese brazo, un apéndice añadido a su cuerpo que no terminaba de convencerlo. Recorrió los dedos como opciones de un destino, aunque él no consideraba tantos.
Volvió al cajón y completó el par a su cuerpo -sin duda le pertenecieron a su abuelo, ese era su cuarto-. En ese instante algo se movilizó en su interior, algo enorme que venía de todos lados. Vio imágenes del pasado, imágenes que lo horrorizaron, entonces en una reacción instintiva tiró a la par de ambos brazos hasta arrancarlos. Y se quedó desnudo contra la pared con su cuerpo sin brazos tiritando.
Otra vez buscó la pila y vio entre el montón los que recién se había extirpado. En uno de ellos había un símbolo diminuto y negro, un tatuaje que mató a miles en el pasado.
No los usaría para el campo, pero por las dudas los guardaría, no vaya a ser que llegara a necesitarlos.

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