.jpg)
En el antiguo lugar donde estaba su corazón puso los huesos que le sobraron de su mano. Para no tirarlos. Se había convertido en un nostálgico o quizás ya había perdido demasiado.
[Pocos aceptamos que somos eso que nos falta]
No latían, sus huesos no latían. Al principio se preocupó, pero luego pensó que ese órgano firme podía sostenerlo en más situaciones que su blando corazón. Se confortó con la certeza de que los huesos se regeneran. Entonces se sintió menos débil o más resistente a sabiendas que su cuerpo vivía impulsado por una formación extracelular calcificada. Decidió probarlo con una mujer. El azar más que el destino lo condujo a ella. Y ella también se dejó conducir o simplemente eligió.
Funcionó, su nuevo corazón respondió digno de un auténtico órgano vital, aunque no pudo, no logró latir. Y estuvo para ella tan profundo como cualquier hombre de corazón-válvula. Ella lo sintió, lo quiso para sí pero igual lo dejó, porque la vida es así, un hilado de ausencias.
Él pasó la primera noche como se pasan las esperas. buscando eso que no llega. Sobrevivió, su cuerpo se adaptaba histrionicamente a sus vivencias. La segunda noche la matriz orgánica y la tercera el colágeno hicieron más que un latido: le dieron paz.
Al cuarto día amaneció más fuerte que cualquier humano y se ofreció a la vida firme como un árbol. Se creyó feliz.
En ese instante la mano le dolió como nunca.