
Dicen que cuando Qin Shi Huang conquisto el primer estado no festejó, las personas ven lo que quieren ver y él solo vio las guerras que le faltaban librar. Tan fácil como un gusano de seda se devora la hoja Qin Shi Huang logró sus conquistas y se convirtió en el primer emperador de una china unificada. Le legó su nombre, una moneda universal, escritura común y también las consecuencias de su locura a uno de los imperios más próspero de aquellos siglos. Fue un tirano, esclarece la historia.
Sería un error creer que por aquellos tiempos los soldados ahorraban su sangre fuera del campo de batalla. Miles murieron de agotamiento al construir la primera gran muralla que Qin Shi Huang ordenó levantar como defensa contra bárbaros y mongoles. Muchos campesinos también perecieron. Y a pesar de tanto sufrimiento no hubo rebelión, porque como dijo Carl Jung el hombre se acostumbra a todo, siempre y cuando alcance el apropiado grado de sumisión. El rigor les dio ese grado, sometiéndolos durante doce años al látigo y a la pesada tarea de amontonar tierra sobre tierra hasta lograr un muro de nueve metros de alto por cuatro de ancho y de seis mil cuatrocientos kilómetros de longitud. Una larga tumba. Aunque esta muralla no es la más conocida, es la primera que se realizó e inspiró al resto.
Otra de sus grandes obras fue el ejército de terracota realizado por setecientos mil hombres durante treinta y ocho años. Alguien dijo una vez que no existen acciones desproporcionadas sino causas ocultas. Nada cuesta imaginar el miedo que tenía este tirano frente a la incertidumbre. Él creía que este ejército lo defendería de aquello que no podía controlar: los malos espíritus. Miles de soldados, cientos de caballos y diez mil armas de barro listas para un combate en el más allá.
A la muerte del emperador la obsesión por las murallas conquistó la política de la siguiente dinastía. En la misma época que vivió Jesucristo se edificó la segunda muralla.
Querida familia en este lejano campo de trabajo tengo que despejar tierra de la arena, este campamento es parecido a una tumba; los extraño, escribió uno de los obreros. Con diez mil setecientos kilómetros esta muralla se convirtió en la mayor construcción de la historia de la humanidad y en otra larga tumba.
Hoy hemos dado 150 latigazos, todos parecemos esclavos- escribió un soldado en su diario personal. La obra se finalizó pero como dice un viejo proverbio una muralla tiene la fortaleza de los hombres que la defienden y sin ellos solo era un obstáculo. Por eso se fijaron atalayas (puestos de vigilancia) para dar aviso de la llegada del enemigo. Como se erigían a varios kilómetros de distancia se diseñó un sistema de señales de humo que podía recorrer 1200 kilómetros en tan solo 24 horas y llevar el mensaje del ataque bárbaro. La luna brilla a través de un mar de nubes, cuando estamos de guardia todo lo que vemos es este desolador paisaje vacio de cualquier signo de vida. La memoria de nuestros hogares se convierte en un recuerdo tan doloroso y nuestro exilio parece que no va a tener fin. Estas palabras escritas a su familia se conservaron de paso del tiempo por el clima seco del desierto de Gobi, la mayoría de esos guardianes murieron en sus atalayas.
Esa misma muralla que desoló a sus guardianes fue la seguridad de los mercaderes. Miles de comerciantes se ampararon en su protección para atravesar la ruta de la seda. Ellos regresaban a salvo con oro, marfil y coral, marcando una época de prosperidad para el imperio.
Cuando asumió el poder la dinastía Tang, la decisión de fortaleces vínculos con los bárbaros a través de la diplomacia resquebrajó la muralla. Al parecer las políticas nunca logran el bien de todos, con la muralla sufrían el exilio sus defensores y con la diplomacia sus princesas, porque cada cierto período de tiempo se las casaba con un jefe nómada. El pacto garantizó varios siglos de paz.
A finales del siglo XI el nacimiento de un niño sin mano presagió sangre para Asia. En el 1204 ese hombre manco unificó los pueblos nómades y fue proclamado rey bárbaro, Gen Gis Kan lo llamaron. Junto a su ejército podía andar días sin desmontar y cuando escaseaba la comida bebían la sangre de sus caballos. Arrasaron pueblos completos, matando a todos para no demorarse con los prisioneros.
Le llegó el turno a China. Cierto es que la diplomacia, que evita tantas guerras, tiene su justa medida en la ambición de los líderes y la de Gen Gis Kan era ilimitada. Lo quería todo, por eso rompió el pacto invadiendo el imperio. Accedió por un lugar donde la muralla se había derrumbado.
La dinastía Tan pagó su error de descuidar la muralla con la sangre de su gente y la destitución del trono. Los mongoles y bárbaros reinaron hasta el 1300.
En la época de las devastadoras inundaciones del mar amarillo en China y la peste negra en Europa, los mongoles fueron derrocados y reemplazados por la dinastía Ming. Los emperadores decidieron construir otra gran muralla porque hay lecciones que se aprenden con un solo error y descuidar la otra fue una de ellas. La muralla Ming (foto) construida en piedra fue una obra de ingeniera inigualada en el mundo; se extiende desde el mar Amarillo hasta el desierto de Ghobi. Atraviesa el país como una larga y sinuosa columna vertebral con una longitud de 6400 kilómetros y con miles de atalayas que sobresalen como si fueran vértebras.
Gran parte del trabajo fue realizado por convictos quienes al morir debían ser reemplazados por otros miembros de su familia hasta que se cumpliese la sentencia impuesta. Cada quince metros los trabajadores colocaron desagües para eliminar el agua de lluvia. Estos desagües se construyeron en la parte interior de la muralla para que los enemigos no pudiesen arrojar cuerdas hacia el conducto y escalar la pared.
La quinta parte de la población china contribuyó en diferentes épocas a la construcción de la Gran Muralla y muchos de los cuerpos de los obreros amortiguaron el peso de las piedras. Esta muralla, que atraviesa montañas y ríos, sigue siendo una de las grandes maravillas del mundo y muchas de las piedras que se emplearon en su construcción miden más de dos metros y sobrepasan la tonelada de peso.
Jun Lia decidió ser agricultor como su abuelo, por eso compró unas pequeñas parcelas en la provincia de Zhejiang. Es verano y el suave sol de primavera lo animó a la tarea de levantar un cercado para delimitar su tierra. No pudo pagarse uno de alambre o de piedras. Por eso con ayuda de su vecino lo hizo a la manera antigua, con tablones y tierra. Llevaban horas de trabajo cuando su esposa, que está en el quinto mes de embarazo, se acercó con agua fresca y unos panecillos. En septiembre nacerá su único hijo–uno solo según lo establecen las leyes de su país-. Cuando el pequeño crezca le enseñará cómo construir el paredón, a él se lo enseñó su abuelo y así ascendiendo en el árbol genealógico hasta llegar a los tiempos del tirano Qin Shi Huang. Su apellido sobrevivió al de miles que murieron en la muralla. Jun Lia ignora que la historia mueve su mano.